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Existe una creencia común entre los contribuyentes en México de que el SAT opera mediante intuiciones o “corazonadas” para elegir a quién auditar. Muchos imaginan a inspectores revisando manualmente cada estado de cuenta en busca de un error. Sin embargo, la realidad de la fiscalización moderna es mucho más sofisticada y tecnológica.

No se trata de un detective oculto tras un escritorio, sino de una arquitectura de supervisión basada en una lógica algorítmica que no descansa y que, sobre todo, no es sentimental. Es decir, el Servicio de Administración Tributaria (SAT) no fiscaliza a partir de corazonadas. Su sistema se basa en modelos matemáticos y algoritmos diseñados para detectar inconsistencias entre lo que una persona gana y lo que gasta.

¿Qué es la discrepancia fiscal y cómo se calcula?

La discrepancia fiscal ocurre cuando, en un año calendario, los gastos, inversiones y adquisiciones de una persona física superan los ingresos que declaró oficialmente. Para la autoridad, esta diferencia solo tiene una explicación posible: ingresos omitidos. La lógica es simple:

Gastos + inversiones > ingresos declarados = discrepancia fiscal

No importa si el dinero provino de efectivo, transferencias o tarjetas: si el gasto está documentado y el ingreso no, el algoritmo del SAT marca alerta.

¿Tener dinero en efectivo es delito?

No. Poseer efectivo o tener saldo en el banco no es ilegal. El SAT no monitorea cada movimiento cotidiano ni revisa cuentas de forma permanente. Sin embargo, los bancos sí están obligados a reportar depósitos en efectivo mayores a 15,000 pesos mensuales.

Rebasar ese umbral no genera automáticamente una auditoría, pero sí alimenta los modelos de riesgo del SAT. A partir de ahí, la autoridad cruza datos y verifica si el comportamiento financiero es coherente con los ingresos declarados.

El mito de las “cuentas pequeñas”: por qué no funciona

Fragmentar depósitos en varias cuentas para evitar reportes es una estrategia conocida… y poco efectiva. El SAT no depende solo de los avisos bancarios. De hecho, muchas discrepancias surgen por el propio rastro que deja el contribuyente al formalizar sus gastos.

Un error común es pagar en efectivo y pedir factura. Al solicitar un CFDI, el gasto queda registrado. Si no existe un ingreso declarado que lo respalde, la pregunta fiscal es inmediata: ¿de dónde salió el dinero?

Tarjetas prestadas y favores familiares: foco rojo

Otro detonante frecuente de discrepancia fiscal es prestar la tarjeta de crédito para compras grandes. Para el SAT, el responsable del gasto es el titular de la tarjeta, no quien “prometió pagar después”.

Si el consumo no corresponde al nivel de ingresos declarado, la autoridad asume una inconsistencia. La carga de la prueba recae en el contribuyente, quien debe demostrar que el dinero provino de préstamos, donaciones o apoyos familiares, debidamente documentados.

¿Qué pasa cuando el SAT detecta una discrepancia?

Contrario al miedo popular, la mayoría de los casos no termina en cárcel. El proceso habitual es:

Aviso o requerimiento para aclarar la diferencia.

Corrección voluntaria, pagando impuestos omitidos.

Multas y recargos, si aplica.

La prisión es un escenario excepcional, reservado para evasión reiterada durante años, desatender múltiples avisos y una mala defensa legal.

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